
Los inversores comienzan a percibir un posible cambio estructural en la industria de pagos. La señal más visible ha sido el comportamiento reciente del mercado: las acciones de Visa han retrocedido un 4,6%, Mastercard cae un 5,7%, American Express pierde un 7,2% y Capital One se deja cerca de un 8,8%.
Detrás de estos movimientos empieza a tomar forma una preocupación concreta: la combinación de inteligencia artificial con stablecoins podría alterar profundamente cómo se procesan los pagos en el futuro.
Tradicionalmente, los consumidores y las empresas eligen un método de pago en función de la marca, la confianza o la infraestructura disponible. Pero los sistemas de inteligencia artificial no toman decisiones de esa manera. Un agente de software simplemente selecciona la opción más eficiente posible: la que liquida el pago más rápido y al menor coste.
Hoy, las transacciones con tarjeta suelen implicar comisiones de entre el 2% y el 3,5% para los comercios. En el caso de pagos internacionales, el coste puede superar el 4% una vez se incluyen intermediarios y márgenes de cambio de divisa.
Si un sistema automatizado puede liquidar una transacción de forma casi instantánea utilizando stablecoins con comisiones cercanas a cero, la ventaja competitiva de los canales de pago tradicionales empieza a reducirse.
El motivo es sencillo: los pagos están en el corazón de prácticamente toda la actividad económica. Cada empresa, sin importar el sector, depende del movimiento constante de dinero. Y ahí es donde las stablecoins comienzan a ganar relevancia.
Los sistemas actuales todavía arrastran una fricción considerable. Las redes de tarjetas aplican comisiones porcentuales sobre cada operación. Las transferencias internacionales pueden costar decenas o incluso cientos de dólares. Además, los tiempos de liquidación pueden retrasar el flujo de capital entre empresas, proveedores y cadenas de suministro.
Las redes basadas en stablecoins cambian ese modelo. Las transferencias pueden cerrarse en segundos o minutos, incluso entre países. El coste de una operación puede reducirse a unos pocos dólares —o incluso a fracciones de centavo— mientras la red funciona de forma continua, sin horarios ni interrupciones.
Cuando se observa esta diferencia a escala global, el impacto potencial se vuelve enorme. Según el World Bank, las comisiones medias de las remesas internacionales todavía rondan el 6,6%.
Y el tamaño del mercado es gigantesco. Solo los pagos entre empresas superan los 1,6 cuatrillones de dólares al año. Incluso pequeñas mejoras en eficiencia pueden redistribuir billones dentro del sistema financiero global.
Los datos de adopción empiezan a reflejar esta transición. En 2025, el volumen total de transacciones con stablecoins alcanzó aproximadamente los 33 billones de dólares, tras crecer más de un 70% respecto al año anterior.
Al mismo tiempo, el suministro total de stablecoins ha superado los 300.000 millones de dólares, cuando hace apenas unos años rondaba los 10.000 millones.
Proyecciones de Citigroup sugieren que este mercado podría expandirse hasta 1,9 billones de dólares para 2030, e incluso alcanzar los 4 billones en un escenario especialmente optimista.
A ese nivel, los emisores de stablecoins podrían convertirse en algunos de los mayores compradores de letras del Tesoro de Estados Unidos.
Este fenómeno también abre un nuevo frente para el sistema bancario tradicional. Los bancos dependen de los depósitos para financiar el crédito. Las stablecoins, en cambio, suelen respaldarse directamente con activos como bonos del Tesoro.
Si las empresas comienzan a mantener parte de su liquidez operativa en stablecoins en lugar de cuentas bancarias, parte de la base de financiación que sustenta el sistema de préstamos podría desplazarse.
Los reguladores ya han empezado a mostrar inquietud. Durante recientes debates regulatorios sobre criptomonedas en Estados Unidos, varios grupos bancarios presionaron para impedir que las stablecoins puedan ofrecer rendimientos a los usuarios.
La preocupación era evidente: dólares digitales respaldados por deuda pública y capaces de generar rentabilidad fuera del sistema bancario podrían acelerar la fuga de depósitos.
A todo esto se suma un factor adicional: la automatización.
Cada vez más pagos se ejecutan directamente entre sistemas de software. Agentes de inteligencia artificial que pagan automáticamente por el uso de APIs. Plataformas que alquilan capacidad de computación en tiempo real. Máquinas que liquidan servicios de manera continua sin intervención humana.
Estos sistemas no tienen preferencias ni hábitos. Solo optimizan dos variables: coste y velocidad.
Cuando un algoritmo compara una comisión porcentual de una tarjeta con una liquidación casi instantánea mediante stablecoins, la elección deja de ser cultural o de marca. Se convierte en una simple decisión matemática.
Las instituciones financieras son conscientes de este escenario. Datos de Fireblocks indican que cerca de la mitad de las instituciones ya utilizan stablecoins para pagos, mientras que más del 80% afirma tener infraestructura preparada para ello.
Por su parte, McKinsey & Company estima que los pagos con stablecoins en aplicaciones reales —como nóminas, remesas o liquidaciones empresariales— ya se acercan a los 390.000 millones de dólares anuales.
Incluso las grandes redes de tarjetas están empezando a adaptarse. Tanto Visa como Mastercard han comenzado a integrar infraestructura de liquidación con stablecoins en sus sistemas.
Esto no significa que las redes de pago tradicionales desaparezcan de la noche a la mañana. Pero sí sugiere que el mercado empieza a valorar un escenario en el que mover dinero sea mucho más barato que hoy.
Y eso cuestiona directamente uno de los modelos de negocio más rentables de todo el sistema financiero global.