
Tengo la sensación de que estamos presenciando el declive del modelo SaaS en tiempo real, aunque gran parte del mercado todavía no lo reconoce.
Desde enero de 2026, las empresas de software han perdido alrededor de un billón de dólares en valor en bolsa, y todo apunta a que esto podría ser solo el comienzo.
Los múltiplos de valoración del SaaS han caído drásticamente: pasaron de 18,5x durante el pico de la pandemia a cerca de 4,8x en la actualidad. Mientras tanto, el mercado de la inteligencia artificial ha seguido la dirección contraria: ha crecido desde unos 50.000 millones de dólares hasta más de 539.000 millones, con proyecciones que lo sitúan en 3,5 billones para 2033, o incluso antes.
Si ambas tendencias continúan, alrededor de 2027 podría producirse un punto de inflexión claro: el momento en que la curva de crecimiento de la IA supere de forma contundente las valoraciones del sector SaaS.
La explicación es bastante directa. El modelo de negocio basado en licencias por usuario pierde sentido cuando un pequeño número de agentes de IA puede sustituir el trabajo de decenas o cientos de personas. Si hay menos personas usando el software, simplemente hay menos “asientos” que vender.
Muchas herramientas SaaS que hoy cuestan unos 50 dólares al mes por usuario podrían ser reemplazadas por agentes de IA capaces de realizar tareas concretas por fracciones de centavo, del orden de $0,003 por tarea.
El proceso lleva años gestándose. ChatGPT abrió el camino en 2022 al popularizar la IA generativa. En 2025, Claude Opus 4 mostró de forma más tangible lo que puede lograr la IA basada en agentes. Y ahora empiezan a aparecer sistemas de coordinación multiagente como OpenClaw, que hacen posible desplegar este tipo de tecnología a mayor escala y con menos fricción.
En cada etapa de esa evolución, los sistemas se vuelven más autónomos y capaces, mientras que el valor del modelo SaaS tradicional tiende a comprimirse.
Eso no significa que todo el SaaS vaya a desaparecer. Pero las empresas cuyo negocio depende casi exclusivamente de cobrar por asiento, y que además no cuentan con una ventaja competitiva clara —como datos propios o efectos de red—, probablemente sean las más vulnerables.
Sinceramente, creo que muchos fundadores todavía no lo están asimilando. No porque falten señales en los datos, sino porque aceptar lo que implican significaría replantear por completo la forma en la que han construido sus compañías.